Bernardo García Agrícola · bg · feb 2026
Con frecuencia algunos seres humanos que creemos en Dios, nos preguntamos acerca de la creación divina: Dios nos creó y creó este universo y todos esto, al menos todo en este planeta, con un propósito. Cuando cumplamos nuestro ciclo, nos iremos al cielo, donde nos encontraremos con Él. Pero, si existe el cielo, o una dimensión o lugar posterior a la muerte ¿cuál es la función precisa de nuestra permanencia en la Tierra? ¿Por qué estamos aquí?
Las explicaciones que yo le daba a estas preguntas eran dos. La primera era que Dios nos dió esta existencia humana para permitirnos experimentar y comparar la finitud y limitaciones de la vida terrenal con la infinidad, plenitud, y eternidad del cielo. Pero siempre me conflictuó el concepto de que Dios me estuviera leccionando y que nos diera algo menos bueno, para después darnos lo “mejor”.
La segunda explicación era que Dios nos dio la vida terrenal como preparación para la muerte y para entender lo que viene después de la muerte. Sigo creyendo en esta explicación, pero con un giro fundamentalmente diferente. El cual tuve la bendición de experimentar de la siguiente forma.
El 16 de febrero, el día de mi cumpleaños 41 rodeado de personas muy queridas, tuve una experiencia cercana a la muerte. Tuve un accidente en el cual morí por aproximadamente 3 minutos según lo cuentan los que me acompañaban en ese momento.
Gracias a Dios, y no creo que haya sido coincidencia, estaba con mi esposa, dos de mis mejores amigos, uno de ellos médico, y sus esposas. En el momento de mi accidente, mi amigo médico reaccionó en un instante dando instrucciones a todos. Fue una respuesta inmediata colectiva y coordinada. Mientras una llamaba a una ambulancia, el otro me trataba de cargar y otra hacía espacio mientras el médico trataba de revivirme, o de que no muriera. No es una coincidencia que ellos estaban ahí, no es coincidencia que uno era médico, que entre los 2 me podían cargar y que todos y todas reaccionaron y pudieron seguir instrucciones sin paralizarse. Tampoco es coincidencia que cuando las cosas ya estaban fuera de las manos de mi esposa, que llevaba al menos 10 años agnóstica, empezó a rezar. En un instante regresó su fe.
Mi experiencia, en estos tres minutos terrenales, fue mucho más larga que la de ellos. Viví lo que yo creo es la transición en la que nuestro cuerpo se desprende de nuestro espíritu, y de las leyes físicas de este universo. Vi la cueva, luego vi o sentí la luz y, en mi caso, no vi como la vida pasaba como imágenes frente a mis ojos, yo era uno, en fusión con todas las experiencias de mi vida y con todas las personas que amo. Mis hijos, mi esposa, y todos mis seres queridos eran parte de mi. No había tiempo, no había imágenes, no había antes ni después. No era Bernardo el de 41 años, ni de 70 ni de 3.
Ayer, exactamente 6 días antes de cumplir 2 años de este accidente mientras le escribía una carta a mi papá, finalmente entendí. Dios creó el universo, desde los planetas y elementos cósmicos, hasta las montañas, flores, células y átomos. También creó al hombre y creó a Jesús en la imagen y semejanza del hombre. Pero su creación no se limita a un acto puntual. No nos creó al nacer y no creó el universo y las estrellas en el big bang. Dios nos sigue creando permanentemente y tanto el universo como nosotros estamos en constante creación.
Jesús vino a la tierra para que a través de su ejemplo podamos seguir creándonos con la gracia y voluntad de Dios. El libre albedrío, no es solamente la capacidad de decidir, es la capacidad de definir cómo seguimos siendo creados. El mayor regalo que nos dió Dios, es la vida infinita eterna y en constante creación.
Este universo, para el hombre, se rige por la métrica del tiempo. A partir del Big Bang, el cual tuvo un antes y un después, podemos con cierta exactitud medir el tiempo. Este por lo tanto, es la dimensión fundamental que estructura la realidad material.
Pero el tiempo no existía en la dimensión en la que estuve, y por eso sigo sin encontrar palabras para poder explicar mi experiencia. Pero estoy seguro, que el que estaba en esa dimensión o en ese “lugar” era yo. No era alguien ajeno ni era alguien diferente. A pesar de esta completa atemporalidad, mi identidad personal permaneció íntegra. Yo seguía siendo yo y aunque esto parece obvio, a mi me cambió la vida.
Para que sigamos siendo “yo”, o para que yo sea “yo” en este momento, es indispensable integrar lo vivido y lo amado en este mundo. Las experiencias, las personas amadas, las relaciones construidas, todas forman parte integral del ser. Son tan parte de nosotros como nuestras manos, nuestro corazón o nuestro intelecto. También, estoy seguro que así como nuestros seres queridos son parte íntegra de nosotros, nosotros somos parte de ellos. En la eternidad, la cual no se rige por el tiempo, la eternidad que es pasado, presente y futuro. Estas experiencias terrenales, ocurridas en un período temporal breve, son constitutivas de la identidad permanente e infinita.
En el universo y el mundo terrenal, en el que estoy escribiendo, la métrica principal es el tiempo. En la otra dimensión, que no estoy seguro que pueda llamar cielo, la métrica principal y definitoria es el amor. El amor es lo que estructura y organiza la realidad más allá del tiempo. Es eterno, racional e integrador sin las limitaciones cronológicas del universo.
Esta distinción aclara y confirma el propósito de mi paso por la tierra. Y me lo tengo que recordar constantemente, porque mis debilidades y tentaciones terrenales hacen que pierda el rumbo y que olvide el propósito. Las cosas materiales solamente sirven si nos generan plenitud, paz, y armonía. El entorno natural, las montañas, ríos y mares, nos enseña a ser humildes y nos enseña a ser pobres de espíritu. Mis pertenencias materiales en esa otra dimensión eran inexistentes, completamente insignificantes.
El propósito de mi existencia temporal terrenal, es de usar el tiempo para construir relaciones de amor auténtico y experiencias que nos ayuden a amar más y mejor, usar el tiempo para crearnos siguiendo el ejemplo de Jesús. Esta es y continuará siendo la base de nuestro ser en la dimensión eterna.